DISCURRIR, DISOLVER, DEFINIR.

En el universo actual de recursos disponibles al pintor la riqueza de posibilidades se presenta en todos los aspectos. El soporte puede ser muy diferente en cada caso, así como los materiales aplicables y su modo de empleo. No hay posición fija que regule una relación que debe ser cumplida entre individuo que pinta y el objeto que pinta.

Hay factores que animan situaciones en las que la voluntad de hacer pintura halla caminos que apuntan en dirección a horizontes particularmente articulados. Magaly Sánchez nos propone Marcas de Agua y lo primero que salta a la vista es que la modalidad de la imagen construida, presente en sus trabajos, es la conclusión de una investigación visual, en la que ha discurrido por un pasado de representaciones, ha disuelto tiempos y circunstancias, y ha definido para sí misma una práctica artística contemporánea a través del experimento y el conocimiento de medios y fines.       

Cuál es la naturaleza de los aditamentos útiles para hacer hoy lo que llamamos pintura y cómo se ordenan en un ambiente de trabajo, han sido también objeto de re-escritura: la especificación de Manual de Bellas Artes de cómo debe ser el espacio idóneo para esta práctica, que seguimos llamando tradicional, es un extraño conjunto de instrucciones. En la experiencia de la práctica pictórica actual, el pensamiento en torno a hacer una imagen se centra en interrogantes acerca de cuán extensibles pueden llegar a ser los procesos de conceptualización que definen la operación de pintar. Lo previamente considerado ajeno a la pintura halla frecuentemente un lugar y se convierte, desde allí, en dispositivo que potencia a la imagen construida e impulsa su irradiación.   

Ciertas reflexiones acerca de la imagen empiezan con apoyo de la tecnología digital, como parte de un tratamiento que le imprime a ésta un destino pictórico de antemano, visibilizado mucho antes de que el pigmento toque la superficie del soporte. Porque, como propuesta artística en pintura, el concepto de hacer una imagen puede significar adoptar un efecto plástico predeterminado, verificable e inseparable de la expectativa de lo que tiempo después queda materialmente configurado. Si se toma como herramienta de elección algún programa para computadora, se puede someter a una transformación de base el material visual con el que se quiere trabajar en la construcción de la imagen. Todo material es admisible como fuente. La imagen de partida podría perfectamente ser digital en origen, una fotografía obtenida en las condiciones más simples.

Hay una complejidad que acompaña la decisión de convertir una imagen en pintura y Magaly Sánchez sabe las implicancias que tiene este evento. Cada acción pasa a ser parte de una miríada de ramificaciones posibles. En Marcas de Agua despliega un deseo de visualizar una transición temática que involucra la aproximación de la pintura a un mundo de contactos líquidos, en el que no podemos evitar descubrir la ironía implícita en la inmovilidad de los cuadros.  

Los contactos líquidos pueden ser simbólicos en parte, como cuando tienen tras de sí la carga histórica de la representación religiosa propia de un Bautismo de Cristo, trasladada a la locación portuaria moderna; aunque lo simbolizado aquí pareciera ser más la fe sin tapujos en la pintura, mediada por la vocación constructiva de la artista que no espera que el Espíritu Santo de la inspiración baje a ungir la tela. El tratamiento digital de la imagen es una aclaración de principios.  

Su arte es un saludable baño que tiende a encontrar que toda imagen de monumentalidad nos recuerda, en clave, las estructuras inestables en las que pretendemos apoyarnos día a día. Nos inventamos rituales y espacios personales para reavivar el ánimo en nosotros, pero nos asedia la alegría congelada de la mueca del juguete de bañera o de piscina, que nos elude y no cesa de convertirse en tristeza ambigua. Lo que puede ser salvado de las aguas está doblemente marcado: por la insistencia denodada y la repetida experimentación. Magaly Sánchez es una artista que piensa su pintura incesantemente y carga con ella su vida diaria.

Jorge Villacorta
Lima
Mayo 2009  

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